Tardes de Cine

Ficciones, Mentiras e Ilusiones Ópticas de la Vida Real

10.4.05

Fin de Semana II: el desentierro

Durante mucho tiempo, mi vida cabía en un auto. Entre 1994 y el 2003 me cambié 12 veces de casa y todas las veces pude mover mis pertenencias en un auto. Me acuerdo de una mudanza mientras vivían en Londres con M, mi ex. Estuvimos durante un tiempo compartiendo un departamento cerca de Hyde Park con una pareja de neozelandeses. Al principio, la comunidad fue divertida, aprendíamos cosas de los respectivos países, nos invitábamos a las fiestas de cada uno y hasta fuimos al cine en una ocasión y vimos "Los Otros" de Amenábar en un cine de Queensway. Cuento esto porque al cabo de un año ya habíamos pasado de la buena onda a la tolerancia, de la tolerancia a la resignación, de la resignación a la irritación y de la irritación al odio mutuo, declarado y salvaje. El día que conseguimos un departamento al cual cambiarnos y un tipo que nos reemplazara en la pieza que ocupábamos, volvimos a la casa tipo 8 y decidimos irnos esa misma noche. Estuvimos empacando y embalando hasta las 4 de la mañana, pedimos un taxi y nos fuimos.
Al regresar a Chile a principios del 2003, las cosas de Inglaterra se sumaron con las que había acá, compramos refrigerador, cocina, repisas, muebles para computador, tele, mesas, en fin, artículos burgueses de consumo, que hacen que un cambio de casa sea un dolor en el culo mayúsculo. Por eso, cuando me separé de M hace un año y me fui a la casa de mi hermana, metí todas mis pertenencias a una bodega y las dejé reposando ahí hasta que llegara el momento de desenterrarlas. A partir de noviembre pasado, cuando mi hermana se largó y me quedé solo en el departamento, fui yendo a buscar libros, individuales, cubiertos, platos y así hasta llegar hasta este fin de semana en que subí desde la bodega las cuatro cajas que quedaban. Estaba con resaca de la noche anterior. No con dolor de cabeza, pero sí con esa sensación de zombie flotante inútil confundido porque oscurece muy pocas horas después de levantarse. Empecé a hurgar en las cuatro cajas y así fui desenterrando piezas que a estas alturas ya son casi de museo. Libros, muchos libros de mi época de estudiante de sociología: Weber, Durkehim, Marx, Luhmann, Habermas, poesía, Verlaine, Rimbaud, Baudelaire, un viejo libro con cuentos de Kafka, revistas que ya salieron de circulación, Ajoblanco, el número en que Bolaño habla de su ida a cenar a casa de Diamela Eltit, Viejo Topo, muchos Rocinantes, Occidente, Filmwaves, dos números de La Puerta, la revista de los estudiantes de mi escuela, incluyendo dos artículos míos y un verdadero clásico de la época: "Burguesía y Bufonería" de mi amigo Andrés Haye, cuyo hijo recién nacido aún no he tenido ocasión de conocer. Entremedio mi pasaporte viejo, tarjetas de presentación de Espacio Público, la empresa fallida que formé junto a un compañero al salir de la universidad, una postal A5 de mi peli favorita de Godard "2 o 3 cosas que sé de ella" con Marina Vlady, otra de "In the Mood for Love", marcalibros, viejas libretas de direcciones, cartas, muchas cartas, de amigos, de novias, de mi hermana. Cosas que no ocurrieron hace demasiado tiempo si uno es estricto, pero en que uno mismo ha dejado de creer tan radicalmente en las cosas en que alguna vez creyó, que casi tuve que hacer un esfuerzo para entender que pese a todo sigo siendo la misma persona.

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